lunes, 13 de abril de 2026

Poema del hijo | Enrique de Mesa

 

Poema del hijo | Enrique de Mesa
Poema del hijo | Enrique de Mesa

Cae la tarde dorada tras de los verdes pinos.

Hay en la altas cumbres un resplandor rojizo, y el perfil de los montes se recorta en un nimbo de luz verdosa, azul, aurirrosada.

En el añil, el humo está dormido. Quieta la tarde y dulce.

-Ven al campo, hijo mío: comeremos majuelas, iremos al endrino, te alcanzaré las bayas de los robles, y, en aquel regatillo de los helechos, cogerás las piedras y cortarás los lirios.

Entre mi mano, suave, su manecita oprimo, y avanzamos parejos por el albo camino.

blaneo Los cuencos y colodras del viejo cabrerizo llenando va la ordeña con blanco chorro, mantecoso y tibio.

Y la leche, aromada de menta y de tomillo, sus fragancias esparce por el verdor ya seco del aprisco. 

-¿Tienes hambre? Si vemos al pastor de los chivos, el que en las «Maribuenas» la otra tarde te dijo: «Vaya un zagal con los ojuelos guapos», llámale, y le pedimos una cuerna de leche y el cantero de pan que te ha ofrecido.

Es tarde. Los trucheros se recogen del río; cubren sus sucias ropas los cuerpos renegridos, y, entre la malla de la red, platea la pesca que rebosa del cestillo.

De su pinar se tornan los hacheros: aire lento y cansino; en los hombros, las hachas, y en sus gastados filos, un reflejo fugaz, que a ratos hiere los semblantes cetrinos.

Se acercan. -Buenas tardes. Vaya con Dios, amigo... ¿Pero no los conoces? El de la aljada es Lino, el que la otra mañana trajo al Paular el nido, el que baja con el carro de sus bueyes. los troncos de los pinos...

¿Te fatiga la cuesta? Descansaremos, hijo. Aquí, no; más arriba, que ya se siente la humedad del río. La espesura del roble va cerrando el camino; se oye el graznar de un cuervo y un lejano silbido.

-¿Por qué te paras?... ¿Tiemblas?... ¿Acaso sientes frío? ¡Ah, ya... Caperucita! No temas; vas conmigo. El lobo vive lejos y es generoso y noble con los niños.

Finge un céfiro, blando misterioso suspiro; el pipiar de las aves ha cesado en los nidos.

-¿Que te lleve en mis brazos? ¡Siempre acabas lo mismo! Agárrate a mi cuello: no te sueltes y te caigas, hijo mio.

No siento la materia: es aire y luz mi pensamiento limpio. De la carne desnudo, llevo al viento el espíritu.

¿Vas bien?... No me responde. Como el humo en el aire, se ha dormido. ¡Ay, deleitosa carga de mi cansancio alivio!

El poema del hijo, Enrique de Mesa (1878-1929)
 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu colaboración.