martes, 30 de junio de 2026

Campos de Soria | Antonio Machado

 

Campos de Soria | Antonio Machado
Campos de Soria | Antonio Machado


Campos de Soria | Antonio Machado


I

Es la tierra de Soria árida y fría.
Por las colinas y las sierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,
la primavera pasa
dejando entre las hierbas olorosas
sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.
Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas.

II

Las tierras labrantías,
como retazos de estameñas pardas,
el huertecillo, el abejar, los trozos
de verde obscuro en que el merino pasta,
entre plomizos peñascales, siembran
el sueño alegre de infantil Arcadia.

En los chopos lejanos del camino,
parecen humear las yertas ramas
como un glauco vapor ?las nuevas hojas?
y en las quiebras de valles y barrancas
blanquean los zarzales florecidos,
y brotan las violetas perfumadas.

III

Es el campo undulado, y los caminos
ya ocultan los viajeros que cabalgan
en pardos borriquillos,
ya al fondo de la tarde arrebolada
elevan las plebeyas figurillas,
que el lienzo de oro del ocaso manchan.

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo
desde los picos donde habita el águila,
son tornasoles de carmín y acero,
llanos plomizos, lomas plateadas,
circuidos por montes de violeta,
con las cumbres de nieve sonrosado.

IV

¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes aran
en un alcor, cuando el otoño empieza,
y entre las negras testas doblegadas
bajo el pesado yugo,
pende un cesto de juncos y retama,
que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha
un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,
en el oro fluido y verdinoso
del poniente, las sombras se agigantan.

V

La nieve. En el mesón al campo abierto
se ve el hogar donde la leña humea
y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,
cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose
cerca del fuego; su mechón de lana
la vieja hila, y una niña cose
verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero
que caminó sobre la blanca tierra,
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío
y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
?tal el golpe de un hacha sobre un leño?.

La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,
desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados
ha de correr con otras doncellitas
en los días azules y dorados,
cuando crecen las blancas margaritas.

VI

¡Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!

¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.

VII

¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, obscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria ?barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra?.

Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!

IX

¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita.

Me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!

de "Campos de Castilla", Antonio Machado (1875-1939)

 

lunes, 29 de junio de 2026

Sonatina | Rubén Darío

 

Sonatina | Rubén Darío
Sonatina | Rubén Darío

 

Sonatina

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave sonoro;

y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

 

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.

Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

y, vestido de rojo, piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión.

 

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina

para ver de sus ojos la dulzura de luz?

¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes,

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

 

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa,

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar,

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

saludar a los lirios con los versos de mayo,

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte,

los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,

de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

 

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real;

el palacio soberbio que vigilan los guardas,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

 

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

(La princesa está triste. La princesa está pálida)

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe

(La princesa está pálida. La princesa está triste)

más brillante que el alba, más hermoso que abril!

 

—¡Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—,

en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con su beso de amor!

Rubén Darío (1867-1916)

 

jueves, 25 de junio de 2026

Canción del pirata | José de Espronceda

 

Canción del pirata | José de Espronceda
Canción del pirata | José de Espronceda

 

Canción del pirata - José de Espronceda


Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar rïela,
en la loma gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá en su frente Estambul.
“Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormento, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.

Que es mi barco mi tesoro…

A la voz de “¡barco viene!”
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar.
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual.
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro…

Sentenciado estoy a muerte.
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna entena
quizá en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?

Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro…
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar”

 José de Espronceda

jueves, 18 de junio de 2026

Los troncos muertos | Juan Ramón Jiménez

 

Los troncos muertos | Juan Ramón Jiménez
Los troncos muertos | Juan Ramón Jiménez

 

𝗟𝗼𝘀 𝘁𝗿𝗼𝗻𝗰𝗼𝘀 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗼𝘀 (𝗝𝘂𝗮𝗻 𝗥𝗮𝗺𝗼́𝗻 𝗝𝗶𝗺𝗲́𝗻𝗲𝘇)

Ya están ahí las carretas...
Lo han dicho el pinar y el viento,
lo ha dicho la luna de oro,
lo han dicho el humo y el eco...

Son las carretas que pasan
estas tardes, al sol puesto,
las carretas que se llevan
del monte los troncos muertos.

¡Cómo lloran las carretas,
camino de Pueblo Nuevo!

Los bueyes vienen soñando,
a la luz de los luceros,
en el establo caliente
que sabe a madre y a heno.

Y detrás de las carretas,
caminan los carreteros,
con la aijada sobre el hombro
y los ojos en el cielo.

¡Cómo lloran las carretas,
camino de Pueblo Nuevo!

En la paz del campo, van
dejando los troncos muertos
un olor fresco y honrado
a corazón descubierto.

Y cae el ángelus desde
la torre del pueblo viejo,
sobre los campos talados,
que huelen a cementerio.

¡Cómo lloran las carretas
camino de Pueblo Nuevo!

Cuando pasan las carretas
por la puerta de mi huerto,
rezo por los pobres troncos
un humilde Padre Nuestro;

y sueño con una lluvia
de rosas para los viejos
que den amor a los nidos
estas tardes del invierno…

¡Cómo lloran las carretas
camino de Pueblo Nuevo!

Juan Ramón Jiménez


 

miércoles, 6 de mayo de 2026

Los Deseos | Cecilia Böl de Faber (Fernán Caballero)

Los Deseos | Cecilia Böl de Faber (Fernán Caballero)
Los Deseos | Cecilia Böl de Faber (Fernán Caballero)

 

Había un matrimonio anciano que, aunque pobre, toda su vida la había pasado muy bien, trabajando y cuidando de su pequeña hacienda. Una noche de invierno estaban sentados marido y mujer a la lumbre de su tranquilo hogar en amor y compañía, y en lugar de dar gracias a Dios por el bien y la paz de que disfrutaban, estaban enumerando los bienes de mayor cuantía que lograban otros, y deseando gozarlos también.

¡Si yo en lugar de mi hacecilla —decía el viejo—, que es de mal terruño y no sirve sino para revolcaderos de un burro, tuviese el rancho del tío Polainas!

¡Y si yo —añadía su mujer—, en lugar de ésta, que está en pie porque no le han dado un empujón, tuviese la casa de nuestra vecina, que está en primera vida!

¡Si yo —proseguía el marido—, en lugar de la burra, que no puede ya con unas alforjas llenas de humo, tuviese el mulo del tío Polainas!

¡Si yo —añadió la mujer— pudiese matar un puerco de 200 libras, como la vecina! Esa gente, para tener las cosas, no tiene sino que desearlas. ¡Quién tuviera la dicha de ver cumplidos sus deseos!

Apenas hubo dicho estas palabras, cuando vieron que bajaba por la chimenea una mujer hermosísima; era tan pequeña, que su altura no llegaba a la media vara; traía, como una reina, una corona de oro en la cabeza. La túnica y el velo que la cubrían eran diáfanos y formados de blanco humo, y las chispas que alegres se levantaron con el pequeño estallido, como cohetitos de fuego de regocijo, se colocaron sobre ellos salpicándolos de relumbrantes lentejuelas. En la mano traía un cetro chiquito de oro, que remataba en un carbunclo deslumbrador.

Soy el hada Fortunata —les dijo—; pasaba por aquí y he oído vuestras quejas; y ya que tanto ansiáis porque se cumplan vuestros deseos, vengo a concederos la realización de tres: uno a ti —dijo a la mujer—; otro a ti —dijo al marido—; y el tercero ha de ser mutuo, y en él habéis de convenir los dos; este último lo otorgaré en persona mañana a estas horas, que volveré; hasta allá tenéis tiempo de pensar cuál ha de ser.

Dicho que hubo esto, se alzó entre las llamas una bocanada de humo en la que la bella hechicera desapareció.

Dejo a la consideración de ustedes la alegría del buen matrimonio, y la cantidad de deseos que como pretendientes a la puerta de un ministro les asediaron a ellos. Fueron tantos, que no acertando a cuál atender, determinaron dejar la elección definitiva para la mañana siguiente, y toda la noche para consultarla con la almohada, y se pusieron a hablar de otras cosas indiferentes.

A poco recayó la conversación sobre sus afortunados vecinos.

Hoy estuve allí; estaban haciendo las morcillas —dijo el marido—; ¡pero qué morcillas!, daba gloria verlas.

¡Quién tuviera una de ellas —repuso la mujer— para asarla sobre las brasas y cenárnosla!

Apenas lo había dicho, cuando apareció sobre las brasas la morcilla más hermosa que hubo, hay y habrá en el mundo.

La mujer se quedó mirándola con la boca abierta y los ojos asombrados. Pero el marido se levantó desesperando, y dando vueltas por el cuarto, se arrancaba el cabello, diciendo:

Por ti, que eres más golosa y comilona que la tierra, se ha desperdigado uno de los deseos. Mire usted, señor, qué mujer ésta! ¡Más tonta que un habar! Esto es para desesperarse; ¡reniego de ti y de la morcilla, y no quisiese más, sino que se te pegase a las narices!

No bien lo hubo dicho, cuando ya estaba la morcilla colgando del sitio indicado.

Ahora tocó el asombrarse al viejo y desesperarse a la vieja.

Te luciste, mal hablado —exclamaba ésta haciendo inútiles esfuerzos por arrancarse el apéndice de las narices—; si yo empleé mi mal deseo, al menos fue en perjuicio propio y no en perjuicio ajeno; pero en el pecado llevas la penitencia; pues nada deseo, ni nada desearé, sino que se me quite la morcilla de las narices.

Mujer, por Dios, ¿y el rancho?

Nada.

Mujer, por Dios, ¿y la casa?

Nada.

Desearemos una mina, hija, y te haré una funda de oro para la morcilla.

Ni que lo pienses.

Pues qué, ¿nos vamos a quedar como estábamos?

Este es todo mi deseo.

Por más que siguió rogando el marido, nada alcanzó de su mujer, que estaba por momentos más desesperada con su doble nariz, y apartando a duras penas al perro y al gato que se querían abalanzar a ella.

Cuando a la noche siguiente se apareció el hada y le dijeron cuál era su último deseo, les dijo:

Ya veis cuán ciegos son los hombres creyendo que la satisfacción de sus deseos les ha de hacer felices.

No está la felicidad en el cumplimiento de los deseos, sino que está en no tenerlos; que rico es el que posee, pero feliz el que nada desea.

 

(Los Deseos: Cuento de Cecilia Böhl de Faber “Fernán Caballero”, 1796-1977.)

 

lunes, 4 de mayo de 2026

Sotileza (fragmento) | José María de Pereda

Sotileza (fragmento) | José María de Pereda
Sotileza (fragmento) | José María de Pereda

 

Entre las gentes marineras (y no se ofendan los de acá, porque el oficio que traen no es para otra cosa), una persona limpia es punto más raro que las peras de a tres libras. En Sotileza fue creciendo con los años el instinto del aseo; y a mi modo de ver, de la fuerza del contraste que formaba aquella su inverosímil pulcritud de carnes y de vestido con la basura de los lugares y personas en medio de la cual vivía...; a mi modo de ver, repito, de la fuerza de este contraste, tan singular, debió nacer en el Cabildo de Arriba la fama de la hermosura de Sotileza... Porque yo recuerdo muy bien que lo primero que se echaba de ver en aquella garrida muchacha cuando estaba, a los veinte años, en la flor de su galanura, era la limpieza extremada de su atavío, en el que dominaban siempre las notas claras, como si esto fuera un alarde más de su pulcritud a prueba de peligros; y no emperejilada para las fiestas de la calle, o las bodas de la vecindad, o la misa o el paseo de los domingos, que esto probaría bien poco; sino todos los días a la puerta de la bodega, en los altos del Paredón, atravesada en la acera, tejiendo la red en el portal, sacando la barredura a la mitad del arroyo o remendando los calzones del tío Michelin; en refajo corto, descubriendo por debajo tres dedos de lienzo más blanco que la nieve; con justillo de mahón rayado de azul; pañuelo de mil colores sobre el alto, curvo y macizo seno; a medio brazo las mangas de la camisa, y otro pañolito de seda, claro también, graciosamente atado a la cofia, sobre el nutrido moño de su pelo castaño de ondas tornasoladas de oro bruñido; ...y entonces se reparaba en los aplomos admirables y en los lineamientos finos y gallardos de la pierna y del pie, desnudos y blan quísimos, que asomaban por debajo de la tira del lienzo; en el torneado brazo, desnudo también; en el cuello redondo y escultural, que se alzaba sobre los anchos hombros, y, por fin, en la cara saludable, fresca, verdaderamente primaveral, la porción más envidiable de la valiente cabeza que el cuello soste nía, y sobre el cual centelleaban, al bambolearse, los anchos anillos de oro colgando de las menudas orejas.
 

"Sotileza", José María de Pereda (1833-1906)

miércoles, 29 de abril de 2026

Calibán el ogro | Fernando López Martín

Calibán el ogro | Fernando López Martín
Calibán el ogro | Fernando López Martín


Gigante como un roble,
velludo como un oso,
y huraño en sus miradas,
es Calibán, el ogro.

Un día Mari-Blanca se puso azul corpiño, sobre las rubias trenzas un cerco de madroños, y así, como una sílfide, se fue a buscar campánulas por la profunda calma del bosque tenebroso.

Como una mariposa de flor en flor corría, como mariposa, cuando en sus giros locos, junto al umbral sombrío de una caverna oscura bajo la triste selva, vio a Calibán, el ogro.

¿Queréis señor, decirme —le dijo Mari-Blanca, cansada de sus gritos— cuál de estas sendas tomo para salir del bosque, que ya las sombras llegan y temo que mi paso pueda encontrar el lobo?

El rey del bosque oscuro, vencido por el mágico poder de la inocencia, quedó mudo de asombro —pues él pensaba, huraño, comerse a Mari-Blanca—, y, no sabiendo cómo salir de aquel mal paso, le dijo: —Si me cuentas un cuento que me guste, podrás salvarte; sólo a cambio de ese cuento podrás salir con vida del bosque tenebroso.

Vais a escuchar un cuento —le dijo Mari-Blanca— más bello que un tesoro de perlas y rubíes. Podéis, para escucharle, tenerme en las rodillas, sentado sobre un tronco.

Y así empezó la niña, jugando con sus trenzas, brillantes como el oro: «Caperucita Roja salió una azul mañana....»

Y Calibán el ogro oyó, grave y atento, la peregrina historia, y cuentan que, acabando, por el boscaje sordo cubierto de negruras la acompañó, y que, al verla temblando ante el silencio del bosque pavoroso, con maternal cuidado la acariciaba, al tiempo que ¡oú!, ¡oú! decía para asustar al lobo.

Por eso, cuando dicen que Calibán es malo y hambriento como un oso, la dulce Mari-Blanca se rie mientras pone sobre sus rubias trenzas un cerco de madroños.

Calibán, el ogro, Fernando López Martin (1882-1942?).