jueves, 18 de junio de 2026

Los troncos muertos | Juan Ramón Jiménez

 

Los troncos muertos | Juan Ramón Jiménez
Los troncos muertos | Juan Ramón Jiménez

 

𝗟𝗼𝘀 𝘁𝗿𝗼𝗻𝗰𝗼𝘀 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗼𝘀 (𝗝𝘂𝗮𝗻 𝗥𝗮𝗺𝗼́𝗻 𝗝𝗶𝗺𝗲́𝗻𝗲𝘇)

Ya están ahí las carretas...
Lo han dicho el pinar y el viento,
lo ha dicho la luna de oro,
lo han dicho el humo y el eco...

Son las carretas que pasan
estas tardes, al sol puesto,
las carretas que se llevan
del monte los troncos muertos.

¡Cómo lloran las carretas,
camino de Pueblo Nuevo!

Los bueyes vienen soñando,
a la luz de los luceros,
en el establo caliente
que sabe a madre y a heno.

Y detrás de las carretas,
caminan los carreteros,
con la aijada sobre el hombro
y los ojos en el cielo.

¡Cómo lloran las carretas,
camino de Pueblo Nuevo!

En la paz del campo, van
dejando los troncos muertos
un olor fresco y honrado
a corazón descubierto.

Y cae el ángelus desde
la torre del pueblo viejo,
sobre los campos talados,
que huelen a cementerio.

¡Cómo lloran las carretas
camino de Pueblo Nuevo!

Cuando pasan las carretas
por la puerta de mi huerto,
rezo por los pobres troncos
un humilde Padre Nuestro;

y sueño con una lluvia
de rosas para los viejos
que den amor a los nidos
estas tardes del invierno…

¡Cómo lloran las carretas
camino de Pueblo Nuevo!

Juan Ramón Jiménez


 

miércoles, 6 de mayo de 2026

Los Deseos | Cecilia Böl de Faber (Fernán Caballero)

Los Deseos | Cecilia Böl de Faber (Fernán Caballero)
Los Deseos | Cecilia Böl de Faber (Fernán Caballero)

 

Había un matrimonio anciano que, aunque pobre, toda su vida la había pasado muy bien, trabajando y cuidando de su pequeña hacienda. Una noche de invierno estaban sentados marido y mujer a la lumbre de su tranquilo hogar en amor y compañía, y en lugar de dar gracias a Dios por el bien y la paz de que disfrutaban, estaban enumerando los bienes de mayor cuantía que lograban otros, y deseando gozarlos también.

¡Si yo en lugar de mi hacecilla —decía el viejo—, que es de mal terruño y no sirve sino para revolcaderos de un burro, tuviese el rancho del tío Polainas!

¡Y si yo —añadía su mujer—, en lugar de ésta, que está en pie porque no le han dado un empujón, tuviese la casa de nuestra vecina, que está en primera vida!

¡Si yo —proseguía el marido—, en lugar de la burra, que no puede ya con unas alforjas llenas de humo, tuviese el mulo del tío Polainas!

¡Si yo —añadió la mujer— pudiese matar un puerco de 200 libras, como la vecina! Esa gente, para tener las cosas, no tiene sino que desearlas. ¡Quién tuviera la dicha de ver cumplidos sus deseos!

Apenas hubo dicho estas palabras, cuando vieron que bajaba por la chimenea una mujer hermosísima; era tan pequeña, que su altura no llegaba a la media vara; traía, como una reina, una corona de oro en la cabeza. La túnica y el velo que la cubrían eran diáfanos y formados de blanco humo, y las chispas que alegres se levantaron con el pequeño estallido, como cohetitos de fuego de regocijo, se colocaron sobre ellos salpicándolos de relumbrantes lentejuelas. En la mano traía un cetro chiquito de oro, que remataba en un carbunclo deslumbrador.

Soy el hada Fortunata —les dijo—; pasaba por aquí y he oído vuestras quejas; y ya que tanto ansiáis porque se cumplan vuestros deseos, vengo a concederos la realización de tres: uno a ti —dijo a la mujer—; otro a ti —dijo al marido—; y el tercero ha de ser mutuo, y en él habéis de convenir los dos; este último lo otorgaré en persona mañana a estas horas, que volveré; hasta allá tenéis tiempo de pensar cuál ha de ser.

Dicho que hubo esto, se alzó entre las llamas una bocanada de humo en la que la bella hechicera desapareció.

Dejo a la consideración de ustedes la alegría del buen matrimonio, y la cantidad de deseos que como pretendientes a la puerta de un ministro les asediaron a ellos. Fueron tantos, que no acertando a cuál atender, determinaron dejar la elección definitiva para la mañana siguiente, y toda la noche para consultarla con la almohada, y se pusieron a hablar de otras cosas indiferentes.

A poco recayó la conversación sobre sus afortunados vecinos.

Hoy estuve allí; estaban haciendo las morcillas —dijo el marido—; ¡pero qué morcillas!, daba gloria verlas.

¡Quién tuviera una de ellas —repuso la mujer— para asarla sobre las brasas y cenárnosla!

Apenas lo había dicho, cuando apareció sobre las brasas la morcilla más hermosa que hubo, hay y habrá en el mundo.

La mujer se quedó mirándola con la boca abierta y los ojos asombrados. Pero el marido se levantó desesperando, y dando vueltas por el cuarto, se arrancaba el cabello, diciendo:

Por ti, que eres más golosa y comilona que la tierra, se ha desperdigado uno de los deseos. Mire usted, señor, qué mujer ésta! ¡Más tonta que un habar! Esto es para desesperarse; ¡reniego de ti y de la morcilla, y no quisiese más, sino que se te pegase a las narices!

No bien lo hubo dicho, cuando ya estaba la morcilla colgando del sitio indicado.

Ahora tocó el asombrarse al viejo y desesperarse a la vieja.

Te luciste, mal hablado —exclamaba ésta haciendo inútiles esfuerzos por arrancarse el apéndice de las narices—; si yo empleé mi mal deseo, al menos fue en perjuicio propio y no en perjuicio ajeno; pero en el pecado llevas la penitencia; pues nada deseo, ni nada desearé, sino que se me quite la morcilla de las narices.

Mujer, por Dios, ¿y el rancho?

Nada.

Mujer, por Dios, ¿y la casa?

Nada.

Desearemos una mina, hija, y te haré una funda de oro para la morcilla.

Ni que lo pienses.

Pues qué, ¿nos vamos a quedar como estábamos?

Este es todo mi deseo.

Por más que siguió rogando el marido, nada alcanzó de su mujer, que estaba por momentos más desesperada con su doble nariz, y apartando a duras penas al perro y al gato que se querían abalanzar a ella.

Cuando a la noche siguiente se apareció el hada y le dijeron cuál era su último deseo, les dijo:

Ya veis cuán ciegos son los hombres creyendo que la satisfacción de sus deseos les ha de hacer felices.

No está la felicidad en el cumplimiento de los deseos, sino que está en no tenerlos; que rico es el que posee, pero feliz el que nada desea.

 

(Los Deseos: Cuento de Cecilia Böhl de Faber “Fernán Caballero”, 1796-1977.)

 

lunes, 4 de mayo de 2026

Sotileza (fragmento) | José María de Pereda

Sotileza (fragmento) | José María de Pereda
Sotileza (fragmento) | José María de Pereda

 

Entre las gentes marineras (y no se ofendan los de acá, porque el oficio que traen no es para otra cosa), una persona limpia es punto más raro que las peras de a tres libras. En Sotileza fue creciendo con los años el instinto del aseo; y a mi modo de ver, de la fuerza del contraste que formaba aquella su inverosímil pulcritud de carnes y de vestido con la basura de los lugares y personas en medio de la cual vivía...; a mi modo de ver, repito, de la fuerza de este contraste, tan singular, debió nacer en el Cabildo de Arriba la fama de la hermosura de Sotileza... Porque yo recuerdo muy bien que lo primero que se echaba de ver en aquella garrida muchacha cuando estaba, a los veinte años, en la flor de su galanura, era la limpieza extremada de su atavío, en el que dominaban siempre las notas claras, como si esto fuera un alarde más de su pulcritud a prueba de peligros; y no emperejilada para las fiestas de la calle, o las bodas de la vecindad, o la misa o el paseo de los domingos, que esto probaría bien poco; sino todos los días a la puerta de la bodega, en los altos del Paredón, atravesada en la acera, tejiendo la red en el portal, sacando la barredura a la mitad del arroyo o remendando los calzones del tío Michelin; en refajo corto, descubriendo por debajo tres dedos de lienzo más blanco que la nieve; con justillo de mahón rayado de azul; pañuelo de mil colores sobre el alto, curvo y macizo seno; a medio brazo las mangas de la camisa, y otro pañolito de seda, claro también, graciosamente atado a la cofia, sobre el nutrido moño de su pelo castaño de ondas tornasoladas de oro bruñido; ...y entonces se reparaba en los aplomos admirables y en los lineamientos finos y gallardos de la pierna y del pie, desnudos y blan quísimos, que asomaban por debajo de la tira del lienzo; en el torneado brazo, desnudo también; en el cuello redondo y escultural, que se alzaba sobre los anchos hombros, y, por fin, en la cara saludable, fresca, verdaderamente primaveral, la porción más envidiable de la valiente cabeza que el cuello soste nía, y sobre el cual centelleaban, al bambolearse, los anchos anillos de oro colgando de las menudas orejas.
 

"Sotileza", José María de Pereda (1833-1906)

miércoles, 29 de abril de 2026

Calibán el ogro | Fernando López Martín

Calibán el ogro | Fernando López Martín
Calibán el ogro | Fernando López Martín


Gigante como un roble,
velludo como un oso,
y huraño en sus miradas,
es Calibán, el ogro.

Un día Mari-Blanca se puso azul corpiño, sobre las rubias trenzas un cerco de madroños, y así, como una sílfide, se fue a buscar campánulas por la profunda calma del bosque tenebroso.

Como una mariposa de flor en flor corría, como mariposa, cuando en sus giros locos, junto al umbral sombrío de una caverna oscura bajo la triste selva, vio a Calibán, el ogro.

¿Queréis señor, decirme —le dijo Mari-Blanca, cansada de sus gritos— cuál de estas sendas tomo para salir del bosque, que ya las sombras llegan y temo que mi paso pueda encontrar el lobo?

El rey del bosque oscuro, vencido por el mágico poder de la inocencia, quedó mudo de asombro —pues él pensaba, huraño, comerse a Mari-Blanca—, y, no sabiendo cómo salir de aquel mal paso, le dijo: —Si me cuentas un cuento que me guste, podrás salvarte; sólo a cambio de ese cuento podrás salir con vida del bosque tenebroso.

Vais a escuchar un cuento —le dijo Mari-Blanca— más bello que un tesoro de perlas y rubíes. Podéis, para escucharle, tenerme en las rodillas, sentado sobre un tronco.

Y así empezó la niña, jugando con sus trenzas, brillantes como el oro: «Caperucita Roja salió una azul mañana....»

Y Calibán el ogro oyó, grave y atento, la peregrina historia, y cuentan que, acabando, por el boscaje sordo cubierto de negruras la acompañó, y que, al verla temblando ante el silencio del bosque pavoroso, con maternal cuidado la acariciaba, al tiempo que ¡oú!, ¡oú! decía para asustar al lobo.

Por eso, cuando dicen que Calibán es malo y hambriento como un oso, la dulce Mari-Blanca se rie mientras pone sobre sus rubias trenzas un cerco de madroños.

Calibán, el ogro, Fernando López Martin (1882-1942?).


lunes, 27 de abril de 2026

El Bosque animado | Wenceslao Fernández Flórez

 

El Bosque animado | Wenceslao Fernández Flórez
El Bosque animado | Wenceslao Fernández Flórez

 

Este es el libro de la fraga de Cecebre.


San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves. Ni llanuras ni tierras ociosas. Gente honesta que no desdeña ni el vino nuevo ni las costumbres antiguas, y cuyo vago amor a lo extraordinario les impele a buscar en el Santoral los nombres que juzgan más infrecuentes o más bellos al bautizar a sus hijos. Parece que está en el fin del mundo; pero, en los días del noroeste, el aullido de las sirenas de los transatlánticos que anclan en La Coruña llega hasta allí, salvando quince kilómetros, y aviva en el alma de los labriegos esa ansia de irse que empujó a los celtas por toda Europa en siglos de penumbra, y los reparte hoy por ambos hemisferios.

En el idioma de castilla, «fraga» quiere decir breñal, lugar escabroso poblado de maleza y de peñas. Pero tal interpretación os desorientaría, porque «fraga», en la lengua gallega, significa bosque inculto, entregado a sí mismo, en el que se mezclan variadas especies de árboles. Si fuese sólo de pinos, o sólo de castaños, o sólo de robles, sería un bosque; pero ya no seria una fraga.

Los árboles tienen sus luchas. Los mayores asombran a los pequeños, que crecen entonces con prisa para hacerse dueños de su ración de sol, y, al esparcir las raíces bajo la tierra, hay algunos quizá demasiado codiciosos que estorban a los demás en su legítimo empeño de alimentarse. Pero entre todos los seres vivos de la fraga son los más pacíficos, los más bondadosos, los que poseen un alma más sencilla e ingenua. Conviene saber que carecen absolutamente de vanidad. Nacen en cualquier parte e ignoran que sólo por el hecho de crecer allí, aquel lugar queda embellecido. No se aburren nunca, porque no miran a la tierra, sino al cielo, y el cielo cambia tanto, según las horas y según las nubes, que jamás es igual a sí mismo. Cuando los hombres buscan la diversidad, viajan. Los árboles satisfacen ese afán sin moverse. Es la diversidad la que se aviene a pasar incesantemente sobre sus copas.

La Desgracia que conoce todos los caminos del mundo pone también, a veces, sus lentos pies en los senderos del bosque. Es cuando acuden los leñadores con sus hachas de largo mango, o cuando el furioso vendaval apoya su espalda en la tupida fronda y empuja hasta sentir el crujido mortal del tronco, o cuando el ascua desprendida de una locomotora hace nacer una lengüecilla roja que después se multiplica, y crece, y corre y se eleva hasta colgarse de las ramas que se retuercen y chisporrotean y abaten. Pero todo esto es infrecuente, y la calma feliz es la habitual moradora de la fraga.

Los árboles ejercitan distracciones, tan inocentes como ellos mismos, que no conocen el mal. Especialmente les gusta cantar, y cantan en coro las pocas canciones que han logrado componer. Como todas las plantas, aman intensamente el agua, y a ensalzarla dedican sus mejores sinfonías, que son dos y las podéis oír en todos los bosques del mundo: una imita al ruido de la lluvia sobre el ramaje, y la otra copia el rumor de un mar lejano. Alguna vez, en la penumbra de una arboleda, os habrá sorprendido el son de un aguacero que, distante al principio, va acercándose hasta pasar sobre vuestra cabeza; miráis al cielo por los intersticios del verdor, y está limpio y azul: ni una gota desciende a humedecer la tierra, pero el sonido continúa, y se aleja y vuelve... Si entonces observáis las ramas, veréis hojas estremecidas como la garganta de un cantor. Los árboles han iniciado su orfeón. ¿Cuál de ellos ha comenzado? ¿Es aquella alta copa, visible sobre todas las unidades, la que marca el compás y dirige al coro con su casi imperceptible balanceo? Los hombres no podemos adivinarlo. Otras veces se hace audible en el bosque el fragor muy remoto de un mar embravecido, el rodar de las olas desmelenadas y su choque sonoro sobre los arrecifes. Juraríais que el océano abre sus llanuras poco más allá de la floresta, y, sin embargo, os separan de él muchos kilómetros; pero los pinos rodenos que viven en los acantilados han aprendido su canción y se la enseñaron a los demás árboles. Tan bien se la saben, que no falta ni el silbido del viento en las cuerdas de los navios ni el correr del agua por la playa, que evoca el rasgarse de una tela sedosa.


El bosque animado, Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964)

domingo, 26 de abril de 2026

Hemos dañado demasiado el medio ambiente | Félix Rodríguez de la Fuente

 


La humanidad está tomando conciencia de que ha dañado demasiado el medio ambiente y teme las consecuencias. Antes, el interés por los animales era limitado y principalmente utilitario (como en el caso de los cazadores o profesionales). Sin embargo, en las últimas décadas ha surgido un gran grupo de personas que valoran a los animales sin obtener beneficio directo, simplemente por respeto y amor hacia ellos. Este cambio representa una “nueva humanidad” más consciente, empática y comprometida con la protección de la naturaleza. La desaparición de los animales podría significar también el fin del ser humano.
 

Vídeo de 23 de abril de 2026 en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=gB5WPaj5s4g

Según el pie del vídeo, la grabación pertenece al programa de TVE "Planeta Azul"  de 1971. 


jueves, 23 de abril de 2026

7 Páginas para descargar libros gratis de forma legal

 

7 Páginas para descargar libros gratis de forma legal
7 Páginas para descargar libros gratis de forma legal

 

Aquí dejo siete páginas desde donde puedes descargar libros de forma gratuita y legal. Puedes encontrar grandes obras de la literatura universal, así como clásicos de los siglos XIX y XX que han pasado a DOMINIO PÚBLICO por haber caducado sus derechos. Por ejemplo, puedes encontrar a Scott Fitzgerald, Virginia Woolf, Herman Hesse, Faulkner, Hemingway o Hammet.


ARCHIVE
Más de 9000 libros para descargar.
https://archive.org

FREE EDITORIAL
Todas las descargas de libros en Freeditorial son gratuitas e ilimitadas.
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Biblioteca Virtual UNIVERSAL
En este portal web se puede encontrar libros en PDF.
https://bibliotecauniversal.net/

Project Gutenberg
El Proyecto Gutenberg ofrece más de 57 000 libros virtuales.
https://www.gutenberg.org 

Libroteca
Con un total de 54103 libros gratis en PDF.
https://libroteca.net/

eBiblioteca
Con más de 135944 libros gratuitos en PDF.
https://ebiblioteca.org

Actualización de los artículos https://manelaljama.blogspot.com/2020/03/9-sitios-para-descargar-libros-gratis-y.html  publicado el 2020 y de https://manelaljama.blogspot.com/2015/06/webs-legales-para-descargar-literatura.html, publicado el 2005
 

Texto creado y recopilado por Manel Aljama (abril, 2026) 
Escritor, Editor, Podcaster, Creador de Contenidos y Formador de Tecnologías

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