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| El Bosque animado | Wenceslao Fernández Flórez |
Este es el libro de la fraga de Cecebre.
San Salvador de Cecebre es una
parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Para representar
gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas
manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de
pendientes suaves. Ni llanuras ni tierras ociosas. Gente honesta que
no desdeña ni el vino nuevo ni las costumbres antiguas, y cuyo vago
amor a lo extraordinario les impele a buscar en el Santoral los
nombres que juzgan más infrecuentes o más bellos al bautizar a sus
hijos. Parece que está en el fin del mundo; pero, en los días del
noroeste, el aullido de las sirenas de los transatlánticos que
anclan en La Coruña llega hasta allí, salvando quince kilómetros,
y aviva en el alma de los labriegos esa ansia de irse que empujó a
los celtas por toda Europa en siglos de penumbra, y los reparte hoy
por ambos hemisferios.
En el idioma de castilla,
«fraga» quiere decir breñal, lugar escabroso poblado de maleza y
de peñas. Pero tal interpretación os desorientaría, porque
«fraga», en la lengua gallega, significa bosque inculto, entregado
a sí mismo, en el que se mezclan variadas especies de árboles. Si
fuese sólo de pinos, o sólo de castaños, o sólo de robles, sería
un bosque; pero ya no seria una fraga.
Los árboles tienen sus luchas.
Los mayores asombran a los pequeños, que crecen entonces con prisa
para hacerse dueños de su ración de sol, y, al esparcir las raíces
bajo la tierra, hay algunos quizá demasiado codiciosos que estorban
a los demás en su legítimo empeño de alimentarse. Pero entre todos
los seres vivos de la fraga son los más pacíficos, los más
bondadosos, los que poseen un alma más sencilla e ingenua. Conviene
saber que carecen absolutamente de vanidad. Nacen en cualquier parte
e ignoran que sólo por el hecho de crecer allí, aquel lugar queda
embellecido. No se aburren nunca, porque no miran a la tierra, sino
al cielo, y el cielo cambia tanto, según las horas y según las
nubes, que jamás es igual a sí mismo. Cuando los hombres buscan la
diversidad, viajan. Los árboles satisfacen ese afán sin moverse. Es
la diversidad la que se aviene a pasar incesantemente sobre sus
copas.
La Desgracia que conoce todos
los caminos del mundo pone también, a veces, sus lentos pies en los
senderos del bosque. Es cuando acuden los leñadores con sus hachas
de largo mango, o cuando el furioso vendaval apoya su espalda en la
tupida fronda y empuja hasta sentir el crujido mortal del tronco, o
cuando el ascua desprendida de una locomotora hace nacer una
lengüecilla roja que después se multiplica, y crece, y corre y se
eleva hasta colgarse de las ramas que se retuercen y chisporrotean y
abaten. Pero todo esto es infrecuente, y la calma feliz es la
habitual moradora de la fraga.
Los árboles ejercitan
distracciones, tan inocentes como ellos mismos, que no conocen el
mal. Especialmente les gusta cantar, y cantan en coro las pocas
canciones que han logrado componer. Como todas las plantas, aman
intensamente el agua, y a ensalzarla dedican sus mejores sinfonías,
que son dos y las podéis oír en todos los bosques del mundo: una
imita al ruido de la lluvia sobre el ramaje, y la otra copia el rumor
de un mar lejano. Alguna vez, en la penumbra de una arboleda, os
habrá sorprendido el son de un aguacero que, distante al principio,
va acercándose hasta pasar sobre vuestra cabeza; miráis al cielo
por los intersticios del verdor, y está limpio y azul: ni una gota
desciende a humedecer la tierra, pero el sonido continúa, y se aleja
y vuelve... Si entonces observáis las ramas, veréis hojas
estremecidas como la garganta de un cantor. Los árboles han iniciado
su orfeón. ¿Cuál de ellos ha comenzado? ¿Es aquella alta copa,
visible sobre todas las unidades, la que marca el compás y dirige al
coro con su casi imperceptible balanceo? Los hombres no podemos
adivinarlo. Otras veces se hace audible en el bosque el fragor muy
remoto de un mar embravecido, el rodar de las olas desmelenadas y su
choque sonoro sobre los arrecifes. Juraríais que el océano abre sus
llanuras poco más allá de la floresta, y, sin embargo, os separan
de él muchos kilómetros; pero los pinos rodenos que viven en los
acantilados han aprendido su canción y se la enseñaron a los demás
árboles. Tan bien se la saben, que no falta ni el silbido del viento
en las cuerdas de los navios ni el correr del agua por la playa, que
evoca el rasgarse de una tela sedosa.
El bosque animado, Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964)