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jueves, 14 de julio de 2022

El sexo no prospera en medio de la monotonía por Anaïs Nin

 


El sexo no prospera con la monotonía. Sin sentimientos, invención, ánimo, no hay sorpresas en la cama. El sexo ha de mezclarse con lágrimas, risas, palabras, promesas, escenas, celos, envidia, todas las especias del miedo, el viaje al extranjero, las caras nuevas, novelas, cuentos, sueños, fantasías, música, baile, opio, vino.  Anaïs Nin, Delta de Venus

Texto completo: https://www.elpais.com.uy/cultural/sexo-monotonia.html

Más citas: El sexo no prospera,

(c) Inforgrafía Librepensadores.es


 

sábado, 30 de marzo de 2013

Pueden venir sus vecinas v2


Hace ya casi tres años, colgué aquí  y en el extinto GrupoBúho el cuento de alcoba: "Pueden venir sus vecinas".  Gratamente sorprendio por su buena acogida, me prometí hacer una revisión. No ha podido ser hasta hoy.   He contestado pública y privadamente que la peluquería en cuestión es ficticia...

     Dolores hacía honor a su nombre. Le dolía todo, hasta el pelo. Todo en su barrio había cambiado: La peluquería "de toda la vida", había pasado a manos de unos simpáticos orientales. La pobre Dolores quería teñirse el pelo para tapar la invasión descarada de canas. Su poder adquisitivo no era muy alto por lo que no tuvo más remedio que acudir a la peluquería china.      Los nuevos propietarios apenas habían hecho cambios. Tan sólo una cortina que debía ser azul oscuro, al fondo del local. Conoció a Sun Li la, simpática y jovencísima, encargada. Dolores pidió cortar y teñir aquel pelo. Su pelo ya no tenía fuerza ni para agarrar el tinte. En el sillón, volvió a quejarse de sus dolores cervicales y lumbares.
     —“¿Quiele un masaje especial pala las celvicales, señola Dololes?” —le ofreció la amable peluquera.  La mujer nunca había recibido un masaje y aquella chinita sonriente y de dentadura blanquísima le ofrecía una oportunidad difícil de rechazar. Aceptó.
     La peluquera le hizo pasar detrás de  la cortina azul. Había cuatro departamentos, cada uno con su litera y su mesilla, separados por cortinas del mismo color. Encima de las mesitas había diversos botes de gel y toallas. La muchacha anotó algo en un papel que dejó sobre la mesilla. Le indicó que se quitase la ropa y se tumbara boca abajo en la litera. Le aconsejó extender los brazos para relajar los omoplatos. Le sugirió que, si cerraba los ojos, los efectos del masaje serían aún más beneficiosos. Dolores obedeció.
     Sintió que algo viscoso y frío se depositaba en mitad de su espinazo. Luego, unas manos suaves y expertas que repartían aquella fría gelatina por toda su espalda. A poco, los escalofríos empezaron a transformarse en un calorcillo agradable que recorría toda su columna. Se dejó llevar.
     Perdió la noción del tiempo en manos de aquellas sensaciones nuevas y agradables. Empezó a notar también, el calor en su bajo vientre. La temperatura aumentó y se transformó en humedad entre sus piernas. Hacía muchísimo tiempo que no sentía nada parecido. Creía que esas sensaciones se habían perdido para siempre en el fondo de su memoria. Quiso abrir los ojos pero su estado, ente vigilia y sueño, le impedía hacer nada. Se sintió emborrachada por una oleada placentera que podía más que ella.
     Notó un cosquilleo en la zona del ombligo y también en las puntas de los pies. Se sentía llena. Algo estaba dentro de ella pero siguió sin abrir los ojos. No quería que aquello tuviese fin.
     Movió el brazo derecho y empezó a chuparse el pulgar. Su  respiración se aceleraba. La sensación era muy agradable, “si es un sueño, que no acabe nunca” —pensó. No quería abrir los ojos y estropear aquello. El gozo era ya placer. Sudaba. De pronto un escalofrío recorrió su columna desde el bulbo raquídeo hasta el cóccix. Luego perdió el control de sus piernas y sintió como si su bajo vientre se viniese abajo.  No podía contener la oleada de placer que la invadía. Se durmió con el dedo en la boca.
     Despertó escuchando una voz melodiosa:
     —Señola Dololes —Era Sun Li con la misma sonrisa del principio.
     —¡Uff! me he quedado dormida ¡Oh! ¡No me duele la espalda nada, nada...!
     Dolores se volteó. Estaba completamente desnuda y ella creía recordar que las braguitas se las había dejado puestas. Sun Li recogió el papelito de la mesilla.
     La encargada le cortó el pelo y le hizo el tinte.
     Llegó la hora de pagar.
     —¿Cuánto te debo?
     —Sesenta eulos.
     —¿Tanto?
     —Sí señola Dololes. Mile, —le enseñaba el papel—, un masaje, ofelta de la casa, 10 eulos, un masaje feliz de Yu Li, 30 eulos y Coltal y teñil 20 eulos. Si no puede pagal no se pleocupe. Se lo puede contal a sus vecinas pala que vengan...

(c) Manel Aljama (revisado, marzo 2013) Fuente foto: internet (autor desconocido)

martes, 26 de octubre de 2010

Pueden venir sus vecinas


Dolores era una mujer que hacía honor a su nombre y sus padres le habían antepuesto el cristiano "María de los". Vivía en un distrito en constante transformación. Así, la peluquería del barrio, la de Mari Carmen, la "de toda la vida", había pasado a manos de unos simpáticos chinitos. Al frente estaba una jovencita, Sun Li, que dominaba tres idiomas. La pobre Dolores padecía eso, "dolores". Ya le tocaba un poco de tinte para tapar las canas y decidió acudir a los chinos desoyendo las advertencias de sus amigas que le decían que era un sitio raro y sólo para chinos. Entró en el establecimiento y comprobó que los propietarios apenas habían hecho cambios. Bueno, divisaba al fondo del local una cortina oscura. Era la antigua trastienda. Sun Li, la jefa se presentó, parecía muy amable y simpática. Dolores explicó a la joven que quería teñirse y cortar un poco, en especial aquellos cabellos que ya no tenían fuerza ni para agarrar el tinte. Al sentarse dijo que le dolían las cervicales, los hombros y parte de la zona lumbar.
—“No se pleocupe señola Dololes. ¿Quiele un masaje especial pala las celvicales?”
Dolores se quedó sorprendida. Nunca había recibido ningún masaje y ahora aquella chinita sonriente con una dentadura blanquísima como la nieve virgen le estaba ofreciendo algo que siempre había deseado. Aceptó. La peluquera le hizo pasar detrás de la cortina. Había pequeños departamentos separados también por cortinajes. La chinita anotó algo en un papel que dejó en la mesilla. Le hizo quitarse la ropa y tumbarse boca abajo en la camilla. El sitio era sencillo, sin lujos, pero acogedor. Le hizo extender los brazos para relajar los omoplatos. Le dijo que cerrase los ojos y que se dejase hacer.
Sintió un como un algo viscoso y frío se depositaba en mitad de su espinazo. Luego, creyó sentir unas manos suaves y expertas que repartían la viscosidad fría por toda su espalda. A poco, el frío, y los escalofríos que recorrían toda su columna, se empezaron a transformar en un calorcillo agradable. Se dejó llevar. Parece que perdió la noción del tiempo. Estaba en manos de las sensaciones. La tibieza del masaje hacía de las suyas y empezó a notar como una especie de calor y humedad en su bajo vientre. Le pareció que era una sensación conocida pero que había quedado en el fondo de la memoria. Casi la había olvidado.
En un estado entre vigilia y sueño quiso abrir los ojos pero no podía. La sensación agradable y placentera podía más. Simplemente había asumido "relájate y disfruta". La humedad de su bajo vientre era más que notoria pero nada podía hacer. El gozo podía más. Ahora se había sumado un cosquilleo en la zona del ombligo y en las puntas de los dedos de los pies. Se notaba llena. Algo estaba dentro de ella pero simplemente siguió la corriente. Movió el brazo derecho y empezó primero a chuparse y después a morderse el pulgar. La respiración se le aceleraba pero estaba sumida en una sensación agradable. Seguía con los ojos cerrados. No quería estropear nada. El gozo era ya placer. Percibía su sudor pero seguía sintiéndose a gusto. De pronto un escalofrío recorrió su columna desde el bulbo raquídeo hasta el cóccix. Luego perdió el control de sus piernas y sintió como su bajo vientre se venía abajo. Sintió Calor, ardor, placer y algo parecido a lo que sentía cada vez que iba a orinar después de aguantarse durante mucho rato. Se durmió con el dedo en la boca.
—Señola Dololes —Sun Li le despertó con la misma sonrisa.
—¡Uff! me he quedado dormida. ¡Oh! ¡No me duele la espalda nada nada...!
Dolores se incorporó. Estaba completamente desnuda y ella creía recordar que las braguitas se las había dejado puestas. Sun Li, recogió el papelito de la mesilla. Ella misma le cortó el pelo y le hizo el tinte. Llegó la hora de pagar.
—¿Cuánto te debo?
Ciento vinte eulos.
—¿Tanto?
—Si señola Dololes. Mile, —le enseñaba el papel—, un masaje, ofelta de la casa, 40 eulos. Coltal y teñil 20 eulos, un masaje feliz de Yu Li, 60 eulos. Si no puede pagal no se pleocupe. Se lo puede contal a sus vecinas pala que vengan...

© Manel Aljama (junio 2010)
Fuente fotografía internet.