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martes, 2 de febrero de 2010

No tienen alma



Se agolpaban en una jaula de escaso tamaño o tal vez eran demasiados. Estaban obligados a convivir en el diminuto espacio a pesar de venir de sitios diversos. Se hacinaban hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos. Sólo tenían en común la derrota, el miedo y un futuro incierto. Su enemigo era mucho más temible y poderoso. Su situación era la mejor prueba. Apareció una figura que vestía diferente, de un color como de sangre. Muchos de ellos creyeron que había llegado su hora. El hombre llevaba un objeto extraño en la mano. Pronunció unas palabras:
—Dios bendiga a estas criaturas ignorantes de tu infinita bondad y les proteja en la travesía. Amén —les salpicó con algo parecido a agua.
—¿Los podemos embarcar ya? —preguntó el otro jefe.
—No tienen alma. Estas bestias no están bautizadas. Yo sólo he bendecido la carga. Cuando lleguen a puerto deberían al menos bautizarlos si tienen que tocar los bienes de los blancos.
—Como usted diga así se hará —respondió jefe de los negreros— en cuanto atraquemos en Puerto Príncipe.



© Manel Aljama (agosto 2009)
Fuente Ilustración: Internet

domingo, 23 de agosto de 2009

Dakar queda lejos

Fuente Internet © EFE

La alargada sombra del soldado del reino de Marruecos oscurecía aún más al grupo de fugitivos que pretendía pasar la frontera. El oficial los encañonó:
—¡Venga id tirando! —mientras les señalaba la vía de Argelia.
El reducido grupo sabía que se trataba de un campo de minas pero no había otro remedio. Salif quiso incorporarse pero se encontró con el frío del Kalashnikov en la nariz. No podían volver hacia atrás, unos al poblado saharaui de Tifariti, otros, a su Senegal de origen. Las deudas eran tan grandes como el peligro que corrían en caso de regresar. No eran más de quince hombres. Ni una cantimplora les habían dejado. Un soldado rellenó con orina el pequeño bidón que con mucho esfuerzo habían arrastrado hasta allí. Antes de taparlo escupió dentro y miró amenazante a los asustados emigrantes. El Norte estaba tan lejos... Y él lo protegía con todas sus fuerzas. Antes lo enterraría en la arena que dejarse coger y perderlo. Si lo descubrían era hombre muerto. Tenía el total convencimiento.
Si además averiguaban que Salif era además desertor del ejército de su majestad y simpatizante del Polisario lo hubiesen frito allí mismo. "Moros de mierda" se decía mientras contenía la bilis. Su única esperanza era sobrevivir a las minas y alcanzar la ciudad afín de Tindouf, en territorio argelino. Pero eso, según sus cálculos debía quedar lo menos a unos doscientos o trescientos kilómetros en dirección noroeste. El prolegómeno concluyó. Emprendieron la marcha. Decidieron ir en fila india. Echaron a suertes quien iba primero. Le tocó a él. "Moros de mierda" volvió a pensar. Le seguía un senegalés más negro que el carbón al que todos llamaban Sunday. Tres horas, tres horas, sólo disponían de tres horas y en ese tiempo y con aquel calor sólo podrían hacer poco más de veinte kilómetros.
Se esforzaba por mantener la calma. Por repasar algunas frases que seguramente había escuchado en la escuela lo poco que había ido ella. Creía saber más que rememorar que debía esperar lo inesperado, que muy pocas cosas podían aniquilarle y una de ellas era su propia debilidad, su propio miedo; en cambio la otra cosa que podía acabar con él, sería una simple mina, un explosivo que era de lejos muy superior a él. Tuvieron que beberse su propia orina para poder alargar más su vida.

Ante la avalancha de preguntas de los periodistas Salif sólo era capaz de mirar, de mirar a su alrededor con esos ojos caídos y tristes, hartos de sufrimiento. Entonces allí, volvió a pensar en la sabiduría y se acordó de un viejo proverbio que decía "quien no comprende una mirada tampoco es capaz de comprender una larga explicación" y se retiró al interior de su tienda. El trabajo estaba hecho, con la batería del móvil que había conseguido escamotear a los alauitas y que estaba ya en las últimas, consiguió hacer una llamada perdida a un puesto de la ONU. Tardaron varios días en localizarlos ya casi deshidratados. Por el camino habían muerto la mitad. Dakar quedaba lejos, muy lejos.

© Manel Aljama (julio 2009)