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jueves, 31 de octubre de 2013
La puerta
Siempre habían insistido en que no abriese la puerta. Ni tampoco acercase a ella. Pero para un niño que crecía en aquel sitio era más pura curiosidad que rebeldía. Crecí así, hasta los trece años en aquella enorme y lóbrega sala donde nos hacinábamos unos cuarenta individuos. El techo del habitáculo estaría a bastante altura, al menos así me lo parecía a mí. Yo calculo que sería de unas tres veces la talla de uno de los nuestros. En la parte superior había como unas rendijas por las que se colaba una luz mortecina casi siempre y a veces roja y otras amarilla o una mezcla de ambas. Por esos orificios era por donde entraba el aire que nos hacía vivir y por donde se arrojaban unos grandes sacos que con el tiempo supe que contenían nuestro alimento. Nadie mencionaba la puerta. A la inocente pregunta sobre la entrada le correspondía siempre un silencio tras el que después alguna de las mamás cambiaba el tema contando un cuento nuevo o proponiendo otro juego para entretenernos. Así crecimos en el temor o el terror de pensar en la puerta. Fue en el albor de la adolescencia donde adquirí consciencia de mi ser. Las luces oscilaban en color como un ritmo que nos separaba la vigilia del sueño. Admití como natural que los niños y los más jóvenes se agrupaban en una parte de la estancia y que los más ancianos se quedaban fuera del grupo justo en el otro lado. Tampoco tenían explicación para eso. Era así y nadie lo discutía. Una noche perdí la inocencia. Vi descender un tentáculo blanquecino y pulposo. Uno a uno fue succionando a nuestros abuelos. No me asusté. Me pareció natural. Me sentí fascinado. Tomé una decisión. Abrí la puerta. Y me uní a mis auténticos padres, a mi verdadera familia. Todo pasó hace muchos siglos. Los habitantes de este planeta sufrieron una mutación que provocó la división en dos grupos. La antigua raza dominante pasó a ser la alimentación básica de los nuestros. Por un pacto no escrito siempre se elegían los bichos más viejos. Yo tengo otros genes y disfruto engullendo esos animales de dos patas, tengan la edad que tengan.
Este cuento fue publicado con anterioridad en la Revista Digital miNatura núm 95.
Se puede descargar aquí: Revista digital miNatura, núm 95
© Manel Aljama (mayo 2009)
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jueves, 15 de noviembre de 2012
Segundo cuento publicado: Cuánto tiempo llevamos aquí.
El cuento "Cuánto tiempo llevamos aquí" fue finalista del I Concurso Internacional de cuentos de terror organizado por miNatura. Fue publicado en la antología que lleva por título el del relato que resultó ganador: "El día de los cinco reyes y otros cuentos" El ISBN: 992-58-6100-699-6 y está editado por miNatura.
Disponible en Llibreria Argot de Castellón y a través de web:
Adquirir online "El día de los cinco reyes y otros cuentos"
Manel Aljama (noviembre 2012)
sábado, 19 de mayo de 2012
Biblioteca muy básica de ciencia ficción
Sí, son libros, clásicos pero de ciencia ficción. El cine ha ayudado a su difusión pero en muchas ocasiones ha ocultado la literatura.
A muchos lectores no les gusta este género. Yo lo sigo recomendado. Es una literatura que “bebe” de las otras: "Frankenstein o el moderno prometeo" no deja de ser una novela romántica del mismo modo “Yo Robot” está llena de poesía y filosofía. La máquina que se revela contra el hombre creador también está presente en "2001, una odiesea del espacio" y más tarde en el filme “Blade Runner” (basado en la novela “Suñan los androides con ovejas eléctricas”). También muchos otros autores se avanzaron a su tiempo y “clavaron” bastante bien la realidad literaria: Julio Verne, George Orwell y Aldous Huxley.
Y entre los lectores lo normal es que no exista unanimidad. Hay quizá un excesivo fanatismo. Quien lee un autor suele denostar al otro y así. Afortunadamente estos lectores no son mayoritarios.
Los inicios. Se trata de una lista muy reducida y discutible:
- Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo
- Jules Verne, De la Tierra a la Luna
- Jules Verne, 20.000 leguas de viaje submarino
- Jules Verne, Viaje al centro de la tierra
- H.G. Wells, La guerra de los mundos
Los que no pueden faltar en una biblioteca muy básica de "scifi":
- H.G. Wells, La máquina del tiempo
- Aldous Huxley, Un mundo feliz
- George Orwell, 1984
- Arthur C Clarke, 2001 una odisea espacial
- Ray Bradbury, Crónicas marcianas
- Ray Bradbury, Fahrenheit 451
- Staislaw Lem, Solaris
- Isaac Asimov, Yo Robot
- Isaac Asimov, Fundación
- William Gibson, Neuromante
- Neal Stephenson, Criptonomicón
- Michael Crichton, Parque Jurásico
- Philip K Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas electricas?
- Frank Herbert, Dune
- Manuel de Pedrolo: Mecanoscrito del segundo orígen
- René Barjavel: La noche de los tiempos
- Jules Verne: De la Tierra a la Luna
© texto Manel Aljama (marzo2012)
© Ilustración: cartel del filme "The day the earth stood still" (1951) by 20th Fox traducida como "Ultimátum a la tierra". Existe un remake de 2008.
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miércoles, 9 de mayo de 2012
La Biblioteca del Nostromo: Revista Digital miNatura 118
Y ya van 118 números de esta revista especializada en lo fantástico. Una vez tenemos que felicitarlos y disfrutar de la lectura.
La Biblioteca del Nostromo: Revista Digital miNatura 118: Un nuevo certamen asoma a las páginas del miNatura. El IV Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2012 toma forma definitiva...
La Biblioteca del Nostromo: Revista Digital miNatura 118: Un nuevo certamen asoma a las páginas del miNatura. El IV Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2012 toma forma definitiva...
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lunes, 19 de marzo de 2012
miNatura premiada en ScifiWorld
Ricardo Acevedo y Carmen Rosa Signes, amigos y colegas desde ya unos cuantos años llevan a cabo una labor profesional impagable: miNatura, la revista digital gratuita dedicada a lo breve y lo fantástico.
Han sido galardonados por ScifiWorld en la categoría de mejor fanzine.
Este es el acta de los premios: http://www.scifiworld.es/premios.php
Esta la web original de la revista: http://servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/
Desde allí se pueden descargar los ficheros en formato pdf de la revista.
Entre otras actividades, los de miNatura promueven anualmente sendos concursos de relato corto y poesía fantástica .
Otros blogs de miNatura:
- La biblioteca de Nostromo: http://bibliotecadelnostromominatura.blogspot.com.es/
- Minatura & Soterrània: http://certamenesliterariosminatura.blogspot.com/
- Certámenes Literarios miNatura: http://certamenesliterariosminatura.blogspot.com/
También ha sido galardonado como mejor relato corto el relato "El Bosque" de Vicente Hernándiz que está incluido dentro de la antología "El día de los cinco reyes y otros cuentos" publicado por miNatura y a la venta en Librería Argot de Castellón o en este enlace:
Manel Aljama (marzo 2012)
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jueves, 8 de marzo de 2012
La Biblioteca del Nostromo: Cuando el destino nos alcance
Excelente artículo sobre el film Soylent Green(1973), estrenado aquí con el título de "Cuando el destino nos alcance" que ha publicado la gente de miNatura en su excelente blog La Biblioteca de Nostromo.
Invita a la reflexión. En facebook hemos mantenido un interesante cruce de opiniones sobre películas de argumento similar:
- La fuga de Logan (Logan's Run) filmm de 1976 y basado en una novela de William F. Nolan y George Clayton Johnson de 1967.
- In Time (2011), acusada de plagio por un escritor que al final retiró la demanda.
Ambas plantean situaciones similares: futuro, estado totalitario y vida feliz y plena hasta los 30 y 25 años respectivamente. En el caso de Soylent Green, van un poco más allá, y son los seres humanos que son reciclados como alimento de los otros.
De la misma época que apareció la novela de Soylent Green, existe un cuento de Pere Calders, "Zero a Malthus" de 1967 y muy similar a la "Cuando el destino nos alcance". A pesar de las similitudes, los expertos sostienen que no hubo ningún plagio puesto que Pere no tuvo acceso a la novela "Make room" de 1967 y que fue la fuente de "Soylent Green". Y, es que, como sostiene Ricardo Acevedo de miNatura, todas ellas beben de un clásico: "La máquina del tiempo" de H.G. Wells.
Leed el artículo:
La Biblioteca del Nostromo: Cuando el destino nos alcance:
Título original : Soylent Green País : USA, 1973 Director : Richard
Fleischer Guion : Basado en la novela de Harry Harrison Make Room!
Mak...
Manel Aljama (marzo 2012)
lunes, 17 de enero de 2011
El dolor
Cuando Klark recuperó la consciencia apenas podía moverse dentro de su traje de astronauta. Giró la cara, no sin mucho esfuerzo. Quería comprobar si aún estaban allí. Desde que Louis, el copiloto, le confesó la aventura que había tenido con Lisa, todo habían sido desgracias. La pelea de colegio dentro del exiguo habitáculo no fue una buena solución. El aterrizaje fue aún peor. Pensaba que quizá el repertorio de desgracias empezó cuando le nombraron a él comandante de la expedición en detrimento de Louis. Se habían descargado las baterías de reserva, las que eran vitales para despegar. Buena parte del instrumental estaba inservible y el copiloto había fallecido al golpearse con un panel solar nada más descender de la nave sin su casco reglamentario. Eso es lo que Clark consignó en la bitácora. Él estaba allí todavía tendido, despierto, tras el aturdimiento que le sobrevino al sufrir el ataque de aquellas diminutas e incontables criaturas verdes. Seguía sintiendo un intenso dolor en las piernas pero confiaba en alcanzar el módulo y encontrar un botiquín de emergencia intacto. Por fortuna el protector de fibra no se empañaba con el halo de su respiración. Hizo un esfuerzo por mover sus brazos para poder incorporarse. El dolor de sus piernas era cada vez más intenso. No lo podía entender, ya no las tenía. Aquellas criaturas habían devorado sus miembros inferiores y habían sido capaces de suturar las heridas y cerrar el traje presurizado. El oxígeno se le estaba acabando. Pensaba en Lisa, pensaba que todos le habían engañado.
© Manel Aljama (julio 2010)
Foto del film "Phantom Planet" (1961) Distribuida por American International Pictures y ahora, al parecer de dominio público.
Publicado con anterioridad en el número 104 de la revista miNatura (revista digital de lo breve y lo fantástico). Se puede descargar desde aquí: http://minaturasoterrania-monelle.blogspot.com/2010/09/revista-digital-minatura-104.html
Más información: http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/2010/09/09/revista-digital-minatura-104
© Manel Aljama (julio 2010)
Foto del film "Phantom Planet" (1961) Distribuida por American International Pictures y ahora, al parecer de dominio público.
Publicado con anterioridad en el número 104 de la revista miNatura (revista digital de lo breve y lo fantástico). Se puede descargar desde aquí: http://minaturasoterrania-monelle.blogspot.com/2010/09/revista-digital-minatura-104.html
Más información: http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/2010/09/09/revista-digital-minatura-104
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lunes, 6 de diciembre de 2010
Vartok rojo
Invadió la última aldea que quedaba en pie y que le había plantado resistencia. Dominaría así toda la región. Pero no se detuvo en eso. Deseaba borrar todo vestigio de los vencidos. Quería estar convencido que todas las mujeres habían sido forzadas repetidamente durante dos lunas. Nadie de la estirpe derrotada debía sobrevivir y para eso mandó matar a todos los varones y reventó el vientre de todas las preñadas que se encontró. Las cabezas de sus jefes fueron colgadas en jaulas a la entrada del poblado. Se coronó rey supremo de aquel gineceo de mancilladas. Tomó por esposa a Vana, la sacerdotisa, la mujer más bella que había podido resistir indemne y sobrevivir a los ultrajes. El matrimonio duró hasta la noche de bodas. La druida le maldijo después de haberla hecho suya y él, impasible, hundió el puñal en su pecho y con las dos manos le arrancó el corazón que humeante se lo dio a comer a los perros famélicos que aguardaban en el exterior de la cabaña nupcial. Pensó que así desharía el sortilegio de Vana. Vartok se mantenía fiel a su sino y no conocía otro color que no fuera el rojo de sangre. Allí donde sus sandalias hollaban todo se volvía bermellón.
De pequeño le advirtieron que no violase la ley suprema del Dios de la Montaña. No estaba en su memoria pero seguía los pasos de su padre. Como si fuese un ciclo sin fin donde el sueño se transformaba en pesadilla, a la que inexorablemente le seguía el mal humor sanguinario de una vigilia hambrienta de venganza para volver a sucumbir en la embriagada pesadez de Morfeo. Vartok no creía en preceptos, ni en reglas. Deseó poseer el cuerpo de su cuñada Nava. No dudó en matar a su hermano y así tomó por esposa a su viuda. Tendría que vivir justo para poder darle un heredero. La vigilaron día y noche. La confinaron lejos de la orilla del tramo más profundo del río. Mantuvieron los puñales y demás armas fuera de su alcance. Se negó a comer. La obligaron a alimentarse. Nava, en su agonía tuvo una última lucidez. Decidió acabar para siempre. Volvió a comer. Tenía que llenar su vientre antes que el monstruo que crecía en sus entrañas fuese arrojado al mundo para perpetuar la saga de Vartok. Nada sospecharon. Se lo comía todo y mientras más ingería más alimento demandaba. Las mujeres comprendieron su actitud y su necesidad. Fueron solidarias. Le ayudaron. No fue fácil traspasar el control de los guardianes pero consiguieron hacerle llegar una mezcla fatal de belladona y cantárida, suficiente para finalizar sus penas.
Vartok lleno de desasosiego huyó a la montaña. En sus noches no paraba de repetirse la pesadilla. Se veía caminando por un interminable y oscuro túnel con la mano puesta sobre el corazón. Si alejaba la mano sentía una quemazón en su interior. En su andadura siempre se cruzaba con una jauría de perros rabiosos que se le tiraban sobre su seno. Entonces descubría un hueco traslúcido en el sitio que debía ocupar el núcleo de su alma y por el que los canes furiosos le empezaban a devorar. Los más torpes y rezagados se contentaban dando cuenta de sus dedos y extremidades. Creyó que en la montaña encontraría la paz. Imploró, aunque con cierta soberbia, acabar para siempre con el delirio. Como su progenitor, como todos los de su linaje, a duras penas se arrepentía de sus acciones. Cualquier roca, cualquier arbusto en los que fijaba su mirada tenían la cara de Nava pero detrás aparecía la de la maga Vana, la druida que le maldijo. Y la montaña le respondió. Escuchó su hálito abrasador. Le castigó. La tierra tembló bajo sus pies. Le llovieron cientos de piedras. Cuando cayó la última roca ardiente supo que la druida había vencido y que él, sucumbía al fatal magma justiciero que le vomitaba el cráter.
© Manel Aljama septiembre 2008 (revisado septiembre de 2009)
Origen ilustración : Internet
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lunes, 13 de septiembre de 2010
El Chico
Le llamaban “El Chico” aunque era casi seguro que debía superar la cuarentena. Solía ir ataviado con una gorra de pana en invierno y, cuando hacía menos frío, usaba otra otra deportiva de algodón. Su vestimenta era de alguien mucho más mayor. Los vecinos pensaban que con toda probabiliad debía vestirlo su madre, en edad de ser ya toda una abuela. Nadie lo recordaba cómo había sido de niño pues el barrio, rellenado por una variopinta amalgama de edificaciones de toda época, había sufrido muchos cambios y casi no quedaban supervivientes que pudiesen testimoniar su infancia. Siempre, a primera hora de la mañana, a eso de las nueve o nueve menos cinco, se acercaba hasta la librería de Don Jacinto; sobre todo en esos días, en que a primera hora, el ambiente era gélido. Allí junto a la puerta esperaba que el Sol se levantase. El librero, que en realidad sólo vendía periódicos y revistas, le preguntaba: “¿Qué?, ¿Ya te ha saludado el Sol?”. Quizá lo hacía por cortesía o tal vez por lástima, pero siempre hacía la misma pregunta. Las respuestas casi no cambiaban. Don Jacinto, que no tenía hijos, debía de sentir algo especial por aquél hombre atrapado en la actitud de un muchacho o acaso un niño. Además, como su librería estaba enfrente de una escuela, recibía a diario de lunes a viernes, multitud de niños ávidos de agenciarse el desayuno a base de chicles y demás chucherías. El bullicio y el jolgorio infantil los animaba a todos. A las once más o menos, cuando el astro rey ya se alzaba en su trono, se marchaba tan silenciosamente como había llegado. Su padre solía acercarse de tanto en tanto hasta el comercio de Don Jacinto para preguntar si el nene había sido puntual. El propietario le mantenía informado y tranquilo y así el padre-abuelo podía seguir su deambular, que en realidad era renquear por la acera con la certera ayuda de su garrota, hasta el bar donde habitualmente acudía cada mañana. El viejo, para despedirse, si no quedaba ningún desconocido en la tienda, finalizaban su charla con el sabido “Ya... Ya..., mi hijo desde que le dio el ataque es un muerto en vida...” Y Don Jacinto asentía moviendo a cabeza de arriba a abajo. Y el anciano continuaba: “Esas medicinas han servido par atontarlo más. Mi mujer tampoco es la misma mire usté y sin embargo eso lo lleva mejor”. Si venía al caso y la noche anterior se había jugado fútbol, compraba algún periódico y si no, abandonaba el lugar balanceándose gracias a su cojera.
El papelero, y el padre-abuelo también, sabían que el segundo destino de El Chico era una placita pequeña y recogida orientada hacia el sur donde continuaba su cotidiano baño solar. El sitio se llamaba Plaza de la Luna. Nadie desconfiaba. Tampoco hablaban mucho del tema. Como si no si existiese. Esa rutina los dejaba a todos más tranquilos.
Un día El Chico desapareció y no se le volvió a ver. En la mañana de esa jornada los empleados municipales de limpieza descubrieron en la plaza el cuerpo sin vida de una niña de once años que la tarde anterior no había vuelto a casa al salir de clase. Todos pensaron lo mismo. Todos relacionaron ambos sucesos. El lugar ya nunca volvió a ser el mismo. El anciano de la garrota nunca más acudió a comprar la prensa y al parecer los viejos se mudaron.
© Manel Aljama (septiembre, 2010)El papelero, y el padre-abuelo también, sabían que el segundo destino de El Chico era una placita pequeña y recogida orientada hacia el sur donde continuaba su cotidiano baño solar. El sitio se llamaba Plaza de la Luna. Nadie desconfiaba. Tampoco hablaban mucho del tema. Como si no si existiese. Esa rutina los dejaba a todos más tranquilos.
Un día El Chico desapareció y no se le volvió a ver. En la mañana de esa jornada los empleados municipales de limpieza descubrieron en la plaza el cuerpo sin vida de una niña de once años que la tarde anterior no había vuelto a casa al salir de clase. Todos pensaron lo mismo. Todos relacionaron ambos sucesos. El lugar ya nunca volvió a ser el mismo. El anciano de la garrota nunca más acudió a comprar la prensa y al parecer los viejos se mudaron.
Fotografía: fotograma de la película Frankenstein (Universal Pictures, 1931)
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miércoles, 16 de diciembre de 2009
Riesgo posible
El hombre miraba desde la ventanaza, escondido tras una difusa cortina, en compañía quizás de su única y última garrafa de agua desinfectada. Se sentía extraño, inquieto, pero sin miedo o tal vez no sabía qué era eso del temor. Refugiado en los mejores laboratorios nunca había sentido mayor pánico que el que se siente ante un posible error en los experimentos. De tanto en tanto miraba el envase. Sí, todavía estaba lleno. Todavía se podía beber antes de que fuese demasiado tarde. Apartó el trapo y se alzó con cuidado. Estaba en un segundo piso pero no quería correr mayores riesgos. Aquellos seres de tez más pálida y cetrina, vestidos con monos oscuros y que vagaban por la calle como autómatas sin rumbo, le intimidaban como nunca antes lo habían hecho. Lamentarse no serviría de nada También era tarde y no quedaba otra oportunidad para reparar el error. Tenía que haberlo previsto antes. Pero siempre fue poco exigente consigo mismo. Era consciente de que si le descubrían, sería su fin. Pero cada vez que miraba la garrafa sentía escalofríos. No sabía qué sucedería primero, si su captura o la consumición del líquido. Tenía aún una pequeña y exigua esperanza de no ser descubierto nunca. Eso facilitaría las cosas a la posteridad. Le daría un halo de misterio a la catástrofe. Nunca se sabría a ciencia cierta qué ocurrió. Poco a poco se fue alzando y ya tenía el rostro al descubierto, por encima del antepecho de la ventana. De repente uno de los caminantes reparó en su faz. Los ojos rasgados de aquel ser se encontraron con los suyos. Como un acto reflejo se agachó lo más rápido que pudo. Pero con tan mala fortuna que su pierna golpeó la vasija de manera fatal. El agua, no contaminada empezó a derramarse por el suelo. Se volcó sobre el charco y, de rodillas y apollado en sus manos, empezó a lamerlo. La madera absorbía el agua con más rapidez que su poco avezada lengua. Con esas gotas desperdiciadas se acaba la raza blanca. Maldecía que le hubiesen encargado exterminar a todos los asiáticos del planeta usando el agua de la bebida. Un error con el ADN indicado, pensaba, era un riesgo posible.
© Manel Aljama (octubre 2009)
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jueves, 24 de septiembre de 2009
Draculea (el hijo del dragón)
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| Fuente Internet y manipulada electrónicamente |
El reo, entre estertores, se retorcía de intenso dolor. El príncipe en persona se le acercó lo más que pudo y como susurrando un grito le dijo:
—No es dolor, es Dios que entra y expulsa tu demonio, el demonio que te posee. Por eso te duele. Pero tu destino está ya en el infierno. Por eso antes de irte me beberé tu sangre. Para que no sirva de alimento en el infierno.
El infeliz se moría lentamente, empalado por una gruesa estaca, sin punta, de unos dos metros de altura que poco a poco se hundía en su abdomen aplastando las vísceras. Un clavo aseguraba que no se escapase del castigo y su muerte se viese acelerada. Era uno más, entre los miles de ejecutados, cuyos restos aún colgaban de los maderos en un lugar lleno de hedor a sangre coagulada y mezclada con la que aún estaba humeante. Manadas de perros y ratas se confundían con enjambres de moscas y con la multitud expectante y morbosa ante cada empalamiento. La palabra de Vlad era palabra de dios tanto para sus súbditos como para sus enemigos.
—No tienes escapatoria, yo soy Vlad Tepes, Príncipe de Valaquia, Draculea, el auténtico hijo del dragón. ¡Arrepiéntete de tus pecados!
—¡El hijo del demonio es lo que eres! —gritó con rabia una mujer de hábito gris y cabellera rubia que se escondía entre la multitud.
El príncipe, con precisión mecánica, dirigió una mirada a su fiel guardia moldava que rápidamente y gracias a los colaboradores entre la muchedumbre, prendieron a la joven. Se retorcía y maldecía a Vlad y a todos los santos. Los operarios prepararon otro madero y se pusieron a calentar un nuevo clavo.
© Manel Aljama (agosto 2009)
—No es dolor, es Dios que entra y expulsa tu demonio, el demonio que te posee. Por eso te duele. Pero tu destino está ya en el infierno. Por eso antes de irte me beberé tu sangre. Para que no sirva de alimento en el infierno.
El infeliz se moría lentamente, empalado por una gruesa estaca, sin punta, de unos dos metros de altura que poco a poco se hundía en su abdomen aplastando las vísceras. Un clavo aseguraba que no se escapase del castigo y su muerte se viese acelerada. Era uno más, entre los miles de ejecutados, cuyos restos aún colgaban de los maderos en un lugar lleno de hedor a sangre coagulada y mezclada con la que aún estaba humeante. Manadas de perros y ratas se confundían con enjambres de moscas y con la multitud expectante y morbosa ante cada empalamiento. La palabra de Vlad era palabra de dios tanto para sus súbditos como para sus enemigos.
—No tienes escapatoria, yo soy Vlad Tepes, Príncipe de Valaquia, Draculea, el auténtico hijo del dragón. ¡Arrepiéntete de tus pecados!
—¡El hijo del demonio es lo que eres! —gritó con rabia una mujer de hábito gris y cabellera rubia que se escondía entre la multitud.
El príncipe, con precisión mecánica, dirigió una mirada a su fiel guardia moldava que rápidamente y gracias a los colaboradores entre la muchedumbre, prendieron a la joven. Se retorcía y maldecía a Vlad y a todos los santos. Los operarios prepararon otro madero y se pusieron a calentar un nuevo clavo.
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martes, 7 de julio de 2009
Le di la salida a las ocho y diez
| Fuente internet (http://community.webshots.com/user/jamieleebrown/profile) manipulada electrónicamente |
Al poco de colgar el interfono, la enorme locomotora del tren procedente de Antwerpen apareció al doblar la curva. Leopold Leblanc, el vigilante, había tenido el tiempo justo para acatar las órdenes de su colega Pierre Tancré. Dispuso las protocolarias señales de aminorar la marcha y de detener el convoy. Con exactitud mecánica, el tren aminoró la marcha y pasó poco a poco por las agujas, superó las señales de frenado y a la altura de la indicación de stop, reanudó su viaje sin llegar a detenerse. Leblanc se quedó entre atónito y petrificado. La sangre se había esfumado de su faz. Descolgó el auricular con su mano sudorosa y contactó con el jefe de estación de Vermeylen. A su cargo estaba Leon Vreven, un hombre ya muy veterano, de vuelta de muchas batallas, casi a punto de jubilarse pero todavía en plenas facultades. Tranquilizó a Leblanc. Le recomendó que no bebiese vino del malo. Que eso hacía malas pasadas. Leblanc insistió que era abstemio. Vreven, el de Vermeylen le respondió con una carcajada y colgó. Cambió las agujas para que los trenes que entrasen con dirección a Bruselas fuesen a parar a una vía muerta.
—Espero que sea suficiente con casi dos kilómetros —se dijo.
Al cabo de unos dos minutos escuchó el traqueteo del ferrocarril. Todo parecía normal, rutinario, como cada día a la misma hora y en el mismo lugar. También aminoró la marcha y sonó el chirriar de los frenos. Después oyó los repetitivos golpes que las ruedas provocaban en las agujas. Todo iba bien —pensó—, el tren entra en vía muerta y como mal menor los topes que están a suficiente distancia lograrán detenerlo sin ningún percance. Pasó junto a su ventanilla, miró de soslayo la propulsora y se acordó de Leblanc, "Este Leblanc" —pensó—, "se está volviendo un borrachuzo..."
—Una tarde que tenga libre tendré que hacer una visita a Leblanc para enseñarle a beber buen vino. Este muchacho —hablaba para sí en voz alta—, va a ser la vergüenza del gremio.
Se puso su gorra, recogió el silbato y su banderín. En dos o tres zancadas alcanzaría la cabeza de tren. Al poco de salir del despacho de jefatura de estación se quedó paralizado. El convoy proseguía su lenta marcha por la vía cortada pero en el espejo de la locomotora no se veía a nadie dentro. Leblanc iba a tener razón y sin embargo el tren había realizado sus paradas comerciales y obedecido todas las señales. Cuando alcanzó la locomotora abrió la puerta y encontró muerto a Gaston Meyer, su maquinista habitual. Los pasajeros declararon después al juez, que el tren había salido puntual de Antwerpen y que en seguida notaron una pequeña frenada, pero que luego volvió a arrancar y prosiguió la marcha con total normalidad. Todos coincidían en la hora, situaban el suceso en las ocho y once minutos. El juez validó el informe de los distintos forenses: el maquinista había muerto a las ocho en punto y no pudo haber salido nunca de Antwerpen a las ocho y diez.
—Le di la salida a las ocho y diez y me respondió “enterado” desde la locomotora —declaró de forma tajante el jefe de estación de Antwerpen en el juicio celebrado meses más tarde.
—Espero que sea suficiente con casi dos kilómetros —se dijo.
Al cabo de unos dos minutos escuchó el traqueteo del ferrocarril. Todo parecía normal, rutinario, como cada día a la misma hora y en el mismo lugar. También aminoró la marcha y sonó el chirriar de los frenos. Después oyó los repetitivos golpes que las ruedas provocaban en las agujas. Todo iba bien —pensó—, el tren entra en vía muerta y como mal menor los topes que están a suficiente distancia lograrán detenerlo sin ningún percance. Pasó junto a su ventanilla, miró de soslayo la propulsora y se acordó de Leblanc, "Este Leblanc" —pensó—, "se está volviendo un borrachuzo..."
—Una tarde que tenga libre tendré que hacer una visita a Leblanc para enseñarle a beber buen vino. Este muchacho —hablaba para sí en voz alta—, va a ser la vergüenza del gremio.
Se puso su gorra, recogió el silbato y su banderín. En dos o tres zancadas alcanzaría la cabeza de tren. Al poco de salir del despacho de jefatura de estación se quedó paralizado. El convoy proseguía su lenta marcha por la vía cortada pero en el espejo de la locomotora no se veía a nadie dentro. Leblanc iba a tener razón y sin embargo el tren había realizado sus paradas comerciales y obedecido todas las señales. Cuando alcanzó la locomotora abrió la puerta y encontró muerto a Gaston Meyer, su maquinista habitual. Los pasajeros declararon después al juez, que el tren había salido puntual de Antwerpen y que en seguida notaron una pequeña frenada, pero que luego volvió a arrancar y prosiguió la marcha con total normalidad. Todos coincidían en la hora, situaban el suceso en las ocho y once minutos. El juez validó el informe de los distintos forenses: el maquinista había muerto a las ocho en punto y no pudo haber salido nunca de Antwerpen a las ocho y diez.
—Le di la salida a las ocho y diez y me respondió “enterado” desde la locomotora —declaró de forma tajante el jefe de estación de Antwerpen en el juicio celebrado meses más tarde.
© Manel Aljama (julio 2009)
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martes, 14 de abril de 2009
Soy... o tal vez ya no
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| © MGM Hal 9000 from "2001 a space odity" |
Despertó en una habitación de hospital rodeado de gente que parecía conocerle y sin embargo se mostró distante y arisco.
—“No me podía negar. Todos me incitaron a que lo hiciera. Pero es que ahora no sé qué era lo que tenía que hacer y no me podía negar. Era mi deber ciudadano. ¡Dios! No puedo recordar más allá de hoy mismo. ¡Ni siquiera sé qué cené anoche! No sé. ¿De dónde han salido todos? ¿Por qué me miran así? ¡Me dan miedo!" —Pensó el individuo.
Los presentes, que rodeaban su lecho, se movían como de forma coordinada y competían por acariciar sus extremidades. El hombre intentó zafarse pero el gotero y unas oportunas correas no le daban mayor libertad.
Se interrumpió el alboroto en cuanto abrió la puerta el cirujano embutido en su uniforme verde difícil de identificar pues llevaba todavía gorro y mascarilla. Llevaba en la mano un portapapeles con el informe médico. El personal entusiasmado hizo un pasillo al recién llegado. Con pasos firmes y seguros se aproximó hasta la cama. Miró con dureza a su izquierda y a su derecha para apartar la cohorte de seguidores. Entraba así más aire en la litera. Con parsimonia y ceremonial ojeó el portapapeles. Miró de arriba abajo al paciente que entre expectante y asustado esperaba saber noticias.
—Tal como habíamos previsto la operación ha sido un éxito. Ya es usted un ciudadano normal. En cuanto la cicatriz del implante esté curada podrá usted irse a su casa. El estado le está muy agradecido —dijo esbozando una gran sonrisa de satisfacción.
Acto seguido se dirigió a los visitantes:
—Denle ánimos. Ya es uno más de ustedes. Ya es un individuo integrado en la sociedad. Ya no recuerda ningún dolor ni ningún placer. Denle ánimos. Sobre todo denle ánimos por el gran paso que ha realizado.
—“No me podía negar. Todos me incitaron a que lo hiciera. Pero es que ahora no sé qué era lo que tenía que hacer y no me podía negar. Era mi deber ciudadano. ¡Dios! No puedo recordar más allá de hoy mismo. ¡Ni siquiera sé qué cené anoche! No sé. ¿De dónde han salido todos? ¿Por qué me miran así? ¡Me dan miedo!" —Pensó el individuo.
Los presentes, que rodeaban su lecho, se movían como de forma coordinada y competían por acariciar sus extremidades. El hombre intentó zafarse pero el gotero y unas oportunas correas no le daban mayor libertad.
Se interrumpió el alboroto en cuanto abrió la puerta el cirujano embutido en su uniforme verde difícil de identificar pues llevaba todavía gorro y mascarilla. Llevaba en la mano un portapapeles con el informe médico. El personal entusiasmado hizo un pasillo al recién llegado. Con pasos firmes y seguros se aproximó hasta la cama. Miró con dureza a su izquierda y a su derecha para apartar la cohorte de seguidores. Entraba así más aire en la litera. Con parsimonia y ceremonial ojeó el portapapeles. Miró de arriba abajo al paciente que entre expectante y asustado esperaba saber noticias.
—Tal como habíamos previsto la operación ha sido un éxito. Ya es usted un ciudadano normal. En cuanto la cicatriz del implante esté curada podrá usted irse a su casa. El estado le está muy agradecido —dijo esbozando una gran sonrisa de satisfacción.
Acto seguido se dirigió a los visitantes:
—Denle ánimos. Ya es uno más de ustedes. Ya es un individuo integrado en la sociedad. Ya no recuerda ningún dolor ni ningún placer. Denle ánimos. Sobre todo denle ánimos por el gran paso que ha realizado.
© Manel Aljama (maljama) cuenta cuentos, abril 2009
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