
La semana pasada estaba en el frío, lejano y distante norte. Ahora, como si de una cura reparadora se tratase, he venido aquí. Pero también se podría decir simplemente, que estoy en Sevilla, por qué no, por las veces que vengo, soy de Sevilla.
Lástima que sea por poco tiempo. Como un cuentagotas, como sorbos de café. Pero suficientes para disfrutar, en el paseo entre el hotel y el sitio de trabajo, de los aromas del azahar, del romero, y del espliego. He dejado atrás los fríos para dejarme abrazar por la primavera. Y es que Sevilla no es Sur, es primavera
¡Qué contraste! La semana pasada en una ciudad en el antiguo fin de la tierra, me otorgaban una habitación anclada en los años setenta: con vistas al patio de luces y habitaciones deshabitadas y en permanente reforma, sin minibar, sin wifi y en el sexto piso. Un dosificador de gel en la bañera. Vamos, ¡sólo faltaba un espejo en el techo!
En cambio aquí, en un hotel junto al campo de fútbol de Don Manué todo es un lujo. Recepción atenta, amable y acogedora. De aquellas que te devuelven la mirada. Como en los tratos entre hombres, de tú a tú. Para que confíes. Para que te sientas de aquí. La habitación un lujo, perfecta, cómoda, como para estarse varios días. Por supuesto con vistas al paseo, al verde, a los naranjos. Y el servicio, qué voy a decir del servicio, si son las gentes las que hacen los sitios.
También contrasta la compañía que he venido a visitar. En sus oficinas centrales de Madrid, sólo falta que te desnuden. No puedes moverte hasta que el visitado venga a recogerte. En cambio aquí, el recepcionista me dice “¡cuando bahe, me devuelve la tarheta que no me quedan ya!” Y yo, como Pedro por Sevilla, digo por su casa, se lo prometo con un “descuide, luego baho”.
El sur, me gusta el sur.
© Manel Aljama (Sevilla, 17 de marzo de 2010)
Cuadro de José Cañaveral y Pérez Sevilla (1933-1984)



