El hombre miraba desde la ventanaza, escondido tras una difusa cortina, en compañía quizás de su única y última garrafa de agua desinfectada. Se sentía extraño, inquieto, pero sin miedo o tal vez no sabía qué era eso del temor. Refugiado en los mejores laboratorios nunca había sentido mayor pánico que el que se siente ante un posible error en los experimentos. De tanto en tanto miraba el envase. Sí, todavía estaba lleno. Todavía se podía beber antes de que fuese demasiado tarde. Apartó el trapo y se alzó con cuidado. Estaba en un segundo piso pero no quería correr mayores riesgos. Aquellos seres de tez más pálida y cetrina, vestidos con monos oscuros y que vagaban por la calle como autómatas sin rumbo, le intimidaban como nunca antes lo habían hecho. Lamentarse no serviría de nada También era tarde y no quedaba otra oportunidad para reparar el error. Tenía que haberlo previsto antes. Pero siempre fue poco exigente consigo mismo. Era consciente de que si le descubrían, sería su fin. Pero cada vez que miraba la garrafa sentía escalofríos. No sabía qué sucedería primero, si su captura o la consumición del líquido. Tenía aún una pequeña y exigua esperanza de no ser descubierto nunca. Eso facilitaría las cosas a la posteridad. Le daría un halo de misterio a la catástrofe. Nunca se sabría a ciencia cierta qué ocurrió. Poco a poco se fue alzando y ya tenía el rostro al descubierto, por encima del antepecho de la ventana. De repente uno de los caminantes reparó en su faz. Los ojos rasgados de aquel ser se encontraron con los suyos. Como un acto reflejo se agachó lo más rápido que pudo. Pero con tan mala fortuna que su pierna golpeó la vasija de manera fatal. El agua, no contaminada empezó a derramarse por el suelo. Se volcó sobre el charco y, de rodillas y apollado en sus manos, empezó a lamerlo. La madera absorbía el agua con más rapidez que su poco avezada lengua. Con esas gotas desperdiciadas se acaba la raza blanca. Maldecía que le hubiesen encargado exterminar a todos los asiáticos del planeta usando el agua de la bebida. Un error con el ADN indicado, pensaba, era un riesgo posible.
© Manel Aljama (octubre 2009)



