| © Manel Aljama (1984) Parc Ciutadella |
Las feligresas más rezagadas hacia rato que habían huido. El rollizo párroco prefirió esconderse en un viejo confesionario. Quería salvar o tal vez apropiarse al menos del relicario que estaba repujado en oro. Hacía ya tiempo que la fe no era el objetivo de su vida. El calor era sofocante dentro de aquel armario de madera y el sudor empapaba la polvorienta sotana. Su respiración era agitada. Pensó que el corazón iba a reventarle las costillas. Escuchó aproximarse el alboroto y los pasos de la muchedumbre más hambrienta de justicia que de comida. Creyó oler el fuego de las antorchas encendidas. No pudo frenar sus esfínteres.
—¡Esto es el Apocalipsis! ¡Ha llegado mi hora! —dijo al ser descubierto en indecorosa posición. Se santiguó. Los presentes, aunque no estaban avezados al aseo cotidiano, hicieron un gesto de asco en cuanto sintieron el hedor. El movimiento de las llamas acentuaba o dulcificaba los rostros.
—No se nos queje, señor vicario, sólo estamos limpiando esta podredumbre de su “madre” iglesia —respondió el que parecía dirigir la turba—. Ande, ande, llévese algo, pero sólo una cosa. “Usté” nos perdone pero no queremos ni curas ni amos y tampoco queremos ir a la guerra, que somos reservistas con niños que alimentar.
El clérigo no respondió. Le dejaron marchar. A pesar de lo rechoncho que era demostró una rapidez digna de un galgo. Le permitieron llevarse consigo el relicario y la recaudación del cepillo. Acto seguido empezó el saqueo. El tropel más dócil recorrió las dependencias plagadas de retablos e imágenes litúrgicas. Su analfabetismo les impedía valorar cualquier belleza artística. Entraron en la parte que pertenecía al convento. En el pasillo encontraron una serie de puertas bajas que daban a cuartos ciegos que estaban vacíos. Pero en uno de ellos quedaron petrificados. Parecía una sala de tortura. Había una cadena con grilletes de esas de atar pies y manos, colgada del techo. Los más exaltados llegaron al claustro y se comportaron como auténticos sabuesos. No tuvieron dificultad en revolver la tierra. Su sorpresa no fue menor pues hacía poco que se habían hecho inhumaciones. Descubrieron fetos envueltos en paños junto con otros esqueletos de niños y el de alguna que otra novicia momificada en torpes y harapientos vendajes.
—Oye, esto que está escrito aquí, me parece que no es cristiano... ¿tú que dices? —preguntó uno de los visitantes del convento mientras sostenía la tea encendida para iluminar una lápida escrita en extraños caracteres y decorada con crucifijos invertidos.
—¡Vete tú a saber! —Respondió otro que también enarbolaba su antorcha—, Yo no sé leer. A más, el techo es de madera, quememos a estos curas de una maldita vez —concluyó decidido.
No dudaron en su cometido. En toda la ciudad como de forma sincronizada empezó la ceremonia purificadora. Numerosas y enormes columnas de humo y llamas se alzaron por doquier. Pillaje y saqueo incontrolado se convirtió en habitual. La batalla se libraba barrio a barrio, manzana a manzana. Los miembros de la Guardia de Asalto que no habían podido desertar intentaban protegerse para salvar sus vidas. Muchos disparos con más muertos entre los parias desheredados que entre los burgueses y los clérigos. El municipio ganó de todos modos terrenos para unas cuantas plazas y parques públicos. La prensa habló de revolución y señaló como instigador a un masón defensor de la libre enseñanza. Y la Inquisición que se hacía aún llamar Santo Oficio tuvo una razón más para la venganza sumarísima.
—¡Esto es el Apocalipsis! ¡Ha llegado mi hora! —dijo al ser descubierto en indecorosa posición. Se santiguó. Los presentes, aunque no estaban avezados al aseo cotidiano, hicieron un gesto de asco en cuanto sintieron el hedor. El movimiento de las llamas acentuaba o dulcificaba los rostros.
—No se nos queje, señor vicario, sólo estamos limpiando esta podredumbre de su “madre” iglesia —respondió el que parecía dirigir la turba—. Ande, ande, llévese algo, pero sólo una cosa. “Usté” nos perdone pero no queremos ni curas ni amos y tampoco queremos ir a la guerra, que somos reservistas con niños que alimentar.
El clérigo no respondió. Le dejaron marchar. A pesar de lo rechoncho que era demostró una rapidez digna de un galgo. Le permitieron llevarse consigo el relicario y la recaudación del cepillo. Acto seguido empezó el saqueo. El tropel más dócil recorrió las dependencias plagadas de retablos e imágenes litúrgicas. Su analfabetismo les impedía valorar cualquier belleza artística. Entraron en la parte que pertenecía al convento. En el pasillo encontraron una serie de puertas bajas que daban a cuartos ciegos que estaban vacíos. Pero en uno de ellos quedaron petrificados. Parecía una sala de tortura. Había una cadena con grilletes de esas de atar pies y manos, colgada del techo. Los más exaltados llegaron al claustro y se comportaron como auténticos sabuesos. No tuvieron dificultad en revolver la tierra. Su sorpresa no fue menor pues hacía poco que se habían hecho inhumaciones. Descubrieron fetos envueltos en paños junto con otros esqueletos de niños y el de alguna que otra novicia momificada en torpes y harapientos vendajes.
—Oye, esto que está escrito aquí, me parece que no es cristiano... ¿tú que dices? —preguntó uno de los visitantes del convento mientras sostenía la tea encendida para iluminar una lápida escrita en extraños caracteres y decorada con crucifijos invertidos.
—¡Vete tú a saber! —Respondió otro que también enarbolaba su antorcha—, Yo no sé leer. A más, el techo es de madera, quememos a estos curas de una maldita vez —concluyó decidido.
No dudaron en su cometido. En toda la ciudad como de forma sincronizada empezó la ceremonia purificadora. Numerosas y enormes columnas de humo y llamas se alzaron por doquier. Pillaje y saqueo incontrolado se convirtió en habitual. La batalla se libraba barrio a barrio, manzana a manzana. Los miembros de la Guardia de Asalto que no habían podido desertar intentaban protegerse para salvar sus vidas. Muchos disparos con más muertos entre los parias desheredados que entre los burgueses y los clérigos. El municipio ganó de todos modos terrenos para unas cuantas plazas y parques públicos. La prensa habló de revolución y señaló como instigador a un masón defensor de la libre enseñanza. Y la Inquisición que se hacía aún llamar Santo Oficio tuvo una razón más para la venganza sumarísima.
© Manel Aljama (mayo 2009)




